Morenos y pelirrojos.

La mañana abría sus alas a las adormecidas sombras de los primeros transeúntes. El frío colapsaba una ciudad que comenzaba a derramar bullicio. Sus calles, vías y carreteras, dibujaban regueros de estacionados turismos en cuyos volantes, situados a la derecha del vehículo, se intuían los apretados y huesudos nudillos de conductores, que contenían su espera con educada impaciencia. Los viandantes apuraban el paso con la cabeza gacha, embozados en un abrigo largo hasta la rodilla y un gorro de lana. El vaho de su respiración se confundía con la neblina de la gélida mañana y la contaminación del aire.

Desde que llegué a la ciudad, contemplaba desde la ventana de mi hotel, muy quedo, las tiendas de comida rápida y los extensos parques de color verde vivo, que se entremezclaban con interminables líneas de edificios, extendiéndose hasta el horizonte. Cuando pedía mi desayuno para llevar, me inundaba con el servilismo de sus gentes, y me preparaba para entrar en el hormiguero del metro, cuyos raíles emanaban cada  mañana el estrés londinense, y sus respiraderos, el hedor metálico de las vías.

Y fue en esa ciudad y no en otra, entre los azulejos blancos y rojos de las desgastadas bocas de metro, donde te vine a conocer. Entre aquella muchedumbre, entre aquél gentío, mi cuerpo encontró el tuyo de una forma muy estrepitosa. Mi café se derramó sobre tu camisa y con aquella excusa, compartimos unas breves horas.

En aquel corto espacio de tiempo, no fueron muchos los minutos que nos llevaron a conocernos, ni nos extendimos demasiado riéndonos de nosotros mismos. Tan sólo bastó con romper el hielo, compartir algunos momentos mundanos de nuestra vida, de nuestro viaje y de nuestras excentricidades. Aquel encuentro fortuito marchó mejor que si fuera acordado y fue al terminar mi bebida, cuando cruzamos varias miradas cómplices y te invité a subir a mi habitación de hotel. Tú, adormilado por mis palabras, seguiste los sinuosos pasos que describían mis stilettos por las escasas manzanas que nos separaban de nuestro destino.

 Y en aquella nueva mañana, en aquel mismo metro que hace dos días tuvimos que coger y que perdimos, entre abrigos oscuros e insistentes empujones que demandaban hueco, mis ojos volvieron a  descubrir los tuyos. En aquel vagón te vi y me viste, y te volví a desear como anteanoche. Y mientras tomaba un café para llevar, te devoraba con mi ávida mirada, repasaba el contorno de tu rostro, la profundidad de tus ojos ajenos en aquel momento a mí. Observaba tus manos reposar lánguidas en el regazo,  hasta que te levantaste y bajaste en la siguiente parada, y tus manos y tus pies volvieron a cobrar la misma vida que tuvieron sobre mi piel. Y fue así como, casi sin haberte conocido, me despedí de ti, perdiéndote entre los viandantes que, con sus prisas, obligaron a que torciera mis ojos tristes y mi boca hambrienta.

Empiezo esta entrada con un relato breve que hace unos meses escribí para un concurso de una conocida revista de moda. He elegido este relato y no otro por varios motivos y uno de ellos, porque la ciudad y el país en el que está ambientado guarda alguna relación con el tema que quería abordar en esta entrada.

Por todos es sabido la cantidad de turistas del país británico (y de otras tantas procedencias) que reciben nuestras ciudades y sobre todo, nuestras playas por estas fechas. Todos buscando el aclamado sol de nuestro país, ese bronceado tan de moda. Lo que muy pocos parecen saber es cómo funciona la producción de melanina según el fototipo de piel y que ese morenito tan ansiado se va a convertir en un rosado que da lugar directamente a una quemadura solar, sin pasar por el tono chocolate que tanto se vende en las marquesinas (menos en la que anuncia Ikea).

Antes de meterme en cómo funciona la producción de melanina o que genes la regulan, me gustaría hacer un inciso. ¿Cuándo empezó la moda del bronceado? Antes, sin embargo, estaba bien visto estar blanco e incluso se frotaban la piel con leche para “aclararla”. Tener un tono de piel muy blanco era visto como pertenecer a una alta alcurnia. De ahí de hecho viene el término sangre azul, como se tenía la piel tan blanca, se podía distinguir el color azulado de las venas. Por el contario, una persona que estaba morena era porque pertenecía a clases bajas de la sociedad y solía trabajar de sol a sol. ¿Quién cambió de tercio? Pues se atribuye a Coco Chanel , que en la década de los veinte se bronceó accidentalmente a bordo de un yate. Entonces, miles de mujeres seguidoras de su moda, quisieron copiar el bronceado adquirido. De hecho, hace poco dieron una película sobre la vida de Coco, protagonizada por Audrey Tautou (actriz que, por cierto, me encanta).

Pese a la antigua tendencia de mantener la piel blanca, ¿cómo era el ser humano en un principio? Parece ser que primero fuimos blancos y después nos volvimos negros. Se calcula que, cuando el ser humano comenzó a caminar erguido, se produjo la pérdida de pelo. Este cambio dio lugar a que sobre nuestra piel incidiera mucho más la radiación ultravioleta del sol. En respuesta a esto, se produjo una gran producción de melanina para proteger la piel desnuda, así pues, el ser humano tornó su piel más y más oscura. Sin embargo, no todos somos negros. La conversión a piel blanca vino dada por nuestra salida de África a Europa. El hecho de migrar hacia lugares donde se recibía menos radiación solar propició que fuera ventajoso que la piel perdiera color.  Una piel con menos melanina aprovecha más la radiación, necesaria para producir la vitamina D. Parece ser que la pérdida de melanina adquirida se debe a una mutación llamada V60L en uno de los genes encargados de la pigmentación, el MC1R del que os hablaré un poco más adelante. Así pues, las diferencias de nuestro color de piel se deben a la propia selección natural.

Ahora vamos con lo siguiente: ¿Cómo se fabrica la melanina y qué determina la cantidad de la misma en nuestro organismo? Como siempre, una parte de la respuesta se debe al factor genético. La cantidad de melanina y melanosomas  se deben a la herencia recibida de nuestros padres. Ahora bien, la radiación ultravioleta juega un papel regulador en el proceso de bronceado o adquisición de pigmentación. Por lo tanto, nuestra coloración de piel se debe a la combinación de ambos factores: constitutivo y ambiental.

La radiación solar activa la tirosina, que sigue la siguiente cascada de reacciones hasta convertirse en melanina:

Imagen extraída de: bioinfo-btg10-grupoxx.wikispaces.com

Imagen extraída de: bioinfo-btg10-grupoxx.wikispaces.com

Como resultado se obtiene la eumelanina —responsable del color marrón/negro—  o la producción de la feomelanina —responsable del color amarillo/rojo— que se consigue mediante una vía metabólica alternativa. La producción del primer tipo de melanina sería la responsable del moreno de piel y de una coloración oscura en el cabello y en los ojos. La feomelanina por el contrario, da lugar a un fototipo de piel clara, que no se broncea adecuadamente y a un color de pelo rubio o pelirrojo. La producción de un tipo de melanina u otra se debe a la acción del gen MC1R. Éste, activa a un receptor, el melanocortina-1 que responde al estímulo de la hormona ACTH y la MSH. La acción de estas hormonas en el interior celular incrementa el AMPcíclico, estimulando a su vez la producción de eumelanina. Si este receptor, el melanocortina-1 se encuentra inactivo o bloqueado por alguna mutación, se produce feomelanina.

Imagen extraída de: www.actasdermo.org

Imagen extraída de: http://www.actasdermo.org

Las diferencias en la coloración de la piel se deben a variantes en este gen. Si queréis conocer más acerca de los pelirrojos y las variaciones genéticas que dan lugar a una coloración u otra, no dejéis de leer el siguiente artículo: Pelirrojos

Finalmente, dejaros un vídeo que explica la producción de melanina y la relación con el melanoma y los daños que se producen en el ADN por exposiciones continuadas y prolongadas al sol.

Turistas o no, productores de eumelanina o feomelanina, siempre es aconsejable una protección alta, aunque algunos consigan ese ansiado bronceado y otros, regresen a sus casas o respectivos países con ese tono rojizo  que en estos días, también caracteriza nuestras playas.

No es la apariencia, es la esencia. No es el dinero, es la educación. No es la ropa, es la clase.

Cita de Coco Chanel.

Esta entrada participa en el XXXVII Carnaval de Química – Edición Rubidio- alojado en el blog ISQCH moléculas a reacción

 Esta entrada participa en la XI Edición del Carnaval de Humanidades cuyo blog anfitrión es Scientia 

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Acerca de Toñi Martínez Sánchez

Licenciada en Biología. Consultora en la industria farmacéutica. Amante del café, la lectura y los cócteles en copa de balón.
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