El ascensor egoísta.

Se puede relativizar la velocidad. Se puede relativizar el tiempo. Tenemos prisa cuando pensamos que el mundo se mueve lento, cuando queremos hacer más de lo que podemos. Vamos despacio cuando saboreamos el tiempo, cuando lo metemos en un cóctel que, poco a poco, vamos sorbiendo. A veces se tiene prisa por empezar a moverse cuando se está quieto. A veces se tiene prisa por pararse y ver qué estamos haciendo.

Entre las ocho y las nueve parece que desfile una ciudad entera. Todo el mundo se mueve, antes con más prisa, ahora más despacio porque cada vez, quedan menos puestos de trabajo a los que llegar a tiempo. Cada vez los lunes son menos lunes; hay menos sueño.

Cuando utilizaba el metro para ir a trabajar, lo cogía con “dos metros de diferencia”, es decir, que podía perder dos metros y aún así, llegar a tiempo. Sin embargo, tenía prisa. No era por llegar, no era por padecer estrés, era por ganar tiempo. Cuando la distancia que separa tu lugar de trabajo de tu casa es larga, puedes caer en la sensación de “se me ha pasado el tiempo en el camino“. Por eso, quizá, la insistencia en acortar todo lo que podamos el tiempo en el que realizamos una tarea, en el que nos desplazamos. Sentirnos más productivos con nuestro día a día.

Cuento todo esto como antesala a comentaros cómo es la hora punta en los ascensores de un conocido transbordo del metro de Barcelona. Yo misma me he permitido la licencia de adjudicarle el apodo de: los ascensores de la discordia. Como intuiréis, están pensados para los carricoches y las personas con movilidad reducida —en principio—. Sin embargo, nuestras ansias por ganar tiempo lo han transformado en un atajo. No es extraño ver a gente agolparse en la punta de un metro para salir, en cuanto abren las puertas, lo más rápido que puedan y sortear a la gente con la que se cruzan para llegar los primeros a ese ascensor. Como tampoco es raro ver personas que se cuelan delante de un coche de bebé que está robando su legítimo espacio. Y más de una vez he presenciado bufidos y resoplidos, amén de comentarios malintencionados cuando algún rezagado/a ha subido a última hora y ha atrasado el cierre de puertas automático. Aquí no tiraré balones fuera y confesaré que, en alguna ocasión, he dirigido una mirada asesina a esa persona que me ha hecho perder dos minutos de mi vida —sí, es cierto. Hasta yo a veces me sorprendo—.

Cuando presenciaba cada mañana esas rencillas por un simple ascensor, me preguntaba si de verdad nos quedaba algo de humanidad, si no somos demasiado individualistas, fruto de un capitalismo exacerbado, donde cada vez es más importante tener más y mirar al que está por encima de nosotros y no por debajo. Si bien es cierto que, para sobrevivir, tenemos que competir por los mismos recursos que nuestros paisanos, y esa competitividad puede ser la causa de nuestro egoísmo innato. Sin embargo, en contraposición con ese egoísmo, encontramos múltiples muestras de altruismo, esos gestos de cooperación que se dan gratuitamente. Pero, ¿por qué cooperamos? ¿Es el altruismo contraproducente a nuestro sentido de supervivencia?

Existen teorías que avalan que el altruismo se encuentra en la cantidad de genes que se comparten. Así pues, con un hermano compartimos un cuarto de nuestro material genético, un octavo con nuestros primos y con nuestros padres la mitad. Esto explicaría, por ejemplo, le prestaríamos antes dinero a un hermano que a un vecino por muy buena que fuera nuestra relación. Sin embargo, existen actos de ayuda a la comunidad, a nuestra sociedad en su conjunto. De hecho, el altruismo es innato en nosotros. Estudios con niños de un año y medio que todavía no han adquirido un lenguaje, muestran que nuestra capacidad de prestar esa ayuda, ya se manifiesta. Del mismo modo, en los chimpancés  también ocurre:

 

 A partir de los tres años seríamos capaces de discernir a quién le vamos a ayudar, que normalmente, suele ser a personas que previamente han sido generosas con nosotros. Al parecer, sin ese altruismo no hubiera surgido la simbiosis ni el mutualismo, no tendríamos esa capacidad cooperativa de relacionarnos entre especies, de comunicarnos y en humanos, que esto se haga a través de un lenguaje que nos permita este acercamiento, esa capacidad de crear pensamientos en conjunto y construir una cultura. El altruismo nos ha hecho poder superar, en conjunto, dificultades. Lo que se conoce como: que un individuo se sacrifique por la supervivencia del grupo. Sin el altruismo quizá, nuestra especie no podría haber constituido una sociedad y el ser humano viviría solo.

Volviendo al tema de la lucha por hacernos un hueco en el ascensor, una vez, coincidí en ese transbordo con una señora con la que, no sé muy bien por qué, empecé a hablar. No sé quién empezó primero la conversación pero el caso es que, me vio con un currículum en la mano y empezamos a hablar de la ardua tarea de búsqueda de empleo. Me dio varias tarjetas con direcciones de negocios donde necesitaban a alguien e hicimos un repaso de los portales de empleo en Internet, por si me faltaba alguno al que inscribirme. Me dijo que tenía dos hijos jóvenes (de más o menos mi edad) y empecé a pensar que lo hacía por pura empatía hacia la situación de desempleo que tenemos hoy en día. Esa mañana yo venía de una entrevista de trabajo y recuerdo que, cuando llegué a casa pensé: “no sé si me habrán cogido de esta empresa pero, lo que sí tengo por seguro, es que todavía queda humanidad en el mundo. A veces, la crisis saca lo mejor de nosotros.”

Descubrir la energía interior y entregarla para renovar el mundo; he aquí el altruismo.

Cita de Rafael Barrett

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Acerca de Toñi Martínez Sánchez

Licenciada en Biología. Consultora en la industria farmacéutica. Amante del café, la lectura y los cócteles en copa de balón.
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